Turisteando en mi ciudad

Hoy experimenté lo que ya se me había olvidado. La fortuna de contar con un automóvil hace que se nos olvide lo que significa vivir la ciudad, caminarla, disfrutarla, utilizarla……. padecerla. Hoy tuve una de tantas comidas de fin de año. Esta fue en el WTC y estuvo bastante chafona en cuanto al menú pero bastante amena en cuanto a la compañía. Dejé mi automóvil en un estacionamiento en barranca del muerto y decidí que lo más sensato era irme en metrobús hasta el lugar de la comida. Después de todo era todo derecho y el tráfico decembrino no dejaba otra opción más atractiva que este medio de transporte.

Confieso que hoy fue la primera vez que utilicé este servicio que ha sido tan criticado por algunos y tan alabado por otros. En lo personal, me pareció un excelente servicio. Rápido, económico, “cómodo” y disponible. El único problema que le encontré es la venta de tarjetas para poder abonar los viajes. En total hice tres viajes en metrobús el día de hoy. Cada vez abordé en estaciones distintas y en ninguna de ellas pude encontrar una máquina expendedora de tarjetas que efectivamente me expendiera uno de estos “salvoconductos citadinos”. Pero no hay de que preocuparse. El ingenio del mexicano supera cualquier obstáculo.

Resulta que, concientes de que hay una escacez tremenda de los vitales plásticos, en la entrada de cada estación hay un encargado que no nada más te corrobora que no hay disponibilidad de tarjetas sino que además te ofrece solucionar tu problema. ¿Cómo lo logra? Muy fácil. No hay nada que una “corta” no solucione. La solución consiste en que a cambio de pagarle a la encargada $3.50, ella te da el acceso con su tarjeta que tiene crédito suficiente para dejar pasar a Tokyo por el rehilete que da acceso al andén. Lo único es que si no llevas cambio, ni la máquina y, por supuesto, mucho menos la amable señorita dan cambio por lo que entonces comprendes la ley de la oferta y la demanda con un ejemplo muy palpable. ¿Quieres viajar? si no tienes tarjeta te va a costar más de lo normal.

En fin, fue más placentero que desagradable mi experiencia en el metrobús. Lo más valioso es que me hizo sentirme como turista en mi propia ciudad y sentir la vida a mi alrededor.

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